viernes, 8 de octubre de 2010


Parece una verdad de Perogrullo, pero el poder se ejerce, y cuando eso no ocurre, sobreviene el desorden, el caos, la violencia, el incremento y descontrol de la criminalidad, circunstancias todas que constituyen la tan mentada como desmentida sensación de inseguridad.

Si quienes gobiernan toleran –y hasta subrepticiamente alientan- el corte de un puente internacional, resignan sus facultades legales y delegan, por así decirlo, una porción importante del manejo de las relaciones exteriores en un minúsculo sector del pueblo que, por mandato constitucional, no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes, y que al así actuar comete el delito de sedición.

Si las autoridades toleran –y hasta subrepticiamente alientan- los cortes de rutas y calles, amén de demostrar una gravísima carencia de autoridad, le impiden a los ciudadanos el libre ejercicio de los derechos que la constitución les garantiza de transitar libremente por las calles y caminos de la república, de trabajar y ejercer toda industria lícita, de estudiar, y de gozar en las plazas y parques públicos su necesidad de solaz y esparcimiento.

Si las autoridades toleran –y hasta subrepticiamente alientan- el copamiento de calles y caminos por grupos de encapuchados armados de palos y otros elementos agresivos, contribuyen a agravar –en vez de combatir con todos los medios legales a su disposición- la inseguridad y violencia que padecen los ciudadanos,  que solo aspiran a vivir en paz y tranquilidad, trabajar y estudiar, criar a sus hijos y disfrutarlos, sin angustias, sobresaltos, ni desgracias irreparables.

¿Quiénes tienen mejor derecho? ¿Los pocos –o muchos, no importa demasiado- que protestan en defensa de sus prebendas o derechos? ¿O los cientos de miles que trabajan y estudian y por ende necesitan transitar libremente por las rutas, calles y puentes a lo largo y a lo ancho del país para llegar a sus lugares de trabajo, de estudio, y porque no, de esparcimiento, y que no protestan, pese a su hartazgo creciente?

¿No habrá llegado el momento en que las mayorías silenciosas hagan oír su voz?

Y esto dicho con la preocupación de evitar que el hartazgo generalizado genere estallidos de violencia incontrolables, o que algún loco –o peor aún, alguien interesado en incendiar el país- desencadene una tragedia de proyecciones imprevisibles.

Si estás de acuerdo en que los ciudadanos debemos hacer escuchar nuestra voz, te invitamos a sumarte a esta campaña, haciendo llegar tus sugerencias y acompañarnos para que todos, en paz y sin violencias, logremos recuperar el espacio público, es decir, el de todos y no el de unas minorías que nos tienen cercados, hastiados, y preocupados.